Hoy queremos sacar a la luz una espectacular historia de amistad, de compañerismo, de superación, que vivió nuestro compañero Juan Montilla, director de AFIDAS, nuestro centro de fisoterapia ubicado en Móstoles, y que se remonta a sus años como deportista de élite, cuando formaba parte de la Selección Española de Judo Paralímpica.

Este homenaje en forma de texto sale del interior del alma de Juan y está escrito en memoria de César Piquero García, quien fue su guía de carrera, compañero del polideportivo Chamartín de judo, aficionado y apasionado del deporte, que falleció hace 6 años.

Esta historia está ligada con una que ya publicamos hace un mes con motivo de una carrera nocturna que Juan corrió junto a su actual compañero de carrera, Juan Carlos, y que sirvió para homenajear a los guías de ciego.

 

Aquí te dejamos con las palabras de nuestro compañero Juan y su enriquecedora historia:


Desde el pasado 13 de agosto de 2011 no dejo de pensar en las huellas marcadas que nos fue dejando Cesar Piquero, fecha que casualmente coincide con el cumpleaños de un hermano que también se me fue el año anterior.

Por paradójico que suene, las lágrimas que brotan no pueden ser sino de risa, y es que son muchos los buenos recuerdos compartidos.

Entre ellos ahí va uno que guardo y ahora comparto contigo, lector del blog de AFIDAS:

 En memoria de César Piquero García

<<Si en la prehistoria había animales tremebundos que emitían resoplidos y rugidos capaces de poner nerviosos hasta a sus propios creadores, esos debían ser muy parecidos a Rafa Matos cabreado a partir de 10 minutos de carrera acompañado de César Piquero. Cesar hacía de guía colaborador en el equipo de ciegos de judo de España.

Además de una gran tolerancia al esfuerzo deportivo, fuese cual fuese la disciplina en cuestión, Cesar era beneficiario de una paciencia inusitada cuando se bromeaba con él, confiriéndole una personalidad siempre serena y noble, y a la par dicharachera.

Todo comenzó en la mañana de un día de diario donde el equipo nacional de Judo de ciegos se encontraba recluido. Sí, dije recluido, para la concentración de un Campeonato Internacional, bajo el mando de Vicente Arolas, también llamado “Claudillo”. Y cuando digo en la mañana, me estoy refiriendo más concretamente a las 7 de esa mañana, en la que Vicente, tras grandes alaridos por los pasillos del hotel donde estábamos alojados, improvisó un “¡mañana os vais a cagar!” y despidió al equipo a la cama la noche anterior.

Ese día, saludó radiante el sol, pero os puedo asegurar que tuvo sus sombras. En el ambiente flotaba la tensión y caminábamos hacia los coches que debían de llevarnos, silenciosos y ojerosos, al campo de batalla.

El primero que rompió el hielo fue Rafa, el menor de los Matos, que gritó camino de su vehículo asignado para transportarle: “¡Vicente, a mí no me pongas a correr con César!”. Acto seguido, sin apenas mediar tiempo alguno, Vicente fue el segundo que pulverizó todo el hielo que Rafa había sacado de su vieja chistera, con un cariñoso, “¡irás con quién yo quiera! Y si no, haber dado el peso!

La sentencia fue más que determinante y Rafa, soltó su primer resoplido. A modo de enfado, podríamos decir que con cierto toque infantil, Rafa que por supuesto iba cogido de Cesarín, comenzó a avanzar pegando ciertos zapatazos contra el suelo hasta el punto de que César, que jamás era mal intencionado ni provocador de guerras absurdas, trató de quitarle un poco de hierro al asunto y, dirigiéndose a quien acompañaba dijo: “¿Estás bien?” El menor de los Matos sólo se limitó a responder muy secamente con un “podría estar mucho mejor”.

A mí me acompañaba Juan Carlos, el chiquitín, el moreno. Como íbamos  pegados a ellos, presagié al ser testigo presencial de la escena, que la sesión de entrenamiento no iba a resultar serena sino llena de baches y sobresaltos. Si alguien hubiese leído en mi cara, habría adivinado escrito un “Hoy nos vamos a divertir, Chiquitín“. Y eso fue precisamente lo que le dije a Juan Carlos, que inmerso en su salsa de fiesta y juerga de la noche anterior -aún no despertaba de su letargo- parecía no enterarse de lo que venía aconteciendo.

 

Entrenamientos matutinos en la Casa de Campo

Llegamos a la Casa Campo, que también podría haberse llamado aunque fuese de forma transitoria para cuando nos llevaban a entrenar, la casa de Vicente Arolas. Éste se desenvolvía dando órdenes a grito pelado y desafiando a cualquier ciudadano de los que purulaban por allí. Cualquiera de los que paseaban, al ver el escenario del parque ocupado por una corte de ciegos que eran asistidos en carreras y tablas de flexiones y abdominales interminables y agotadoras hasta para quien lo veía, debían pensar se trataba de el último vestigio de campo de concentración, o en su defecto, la preparación para una incipiente guerra.

No habíamos empezado aún a correr, pero Rafa Matos resoplaba como si llevase ya una hora por lo menos. Cuando se hizo la salida, sospechando que aquello no iba a terminar de una manera natural, quise dármelas de estratega y le comenté a mi guía, el moreno, que todavía a duras penas salía de su omnubilado postnocturno: “¡Chiquitín!, ponte cerca de estos dos, Rafa y César, que creo nos van a amenizar el sufrimiento de correr como descosidos”. Lo cierto es que no sabía cuánto tendría que arrepentirme por querer ejercer una profesión que no era la mía pasándome de listo.

Nada más salir, Mario Talavera, otro de los compañeros, se ve que para soportar el calvario del entrenamiento, acuñó como suya la frase exclamativa y animosa de, “¡corre cabrón!” y esta vez no iba a ser diferente. Así que la soltó y salió poco menos que volando.

Allí, en las últimas posiciones de carrera quedamos como vigilantes de un tesoro que sabíamos nunca iba a ser nuestro. Juancar y yo alerta y expectantes de lo que se venía cociendo; y Rafa y César que ya iba dando a éste sus primeras instrucciones de carrera del tipo: “dosifícate Rafa, corre con cabeza, hay que aguantar un poquito…“, y debieron ser el detonante de lo que terminó por estallar a los 40 minutos de carrera. La respuesta del menor de los Matos fueron unos bufidos que cada vez se hacían más sonoros y contundentes en su significado.

 

César Piquero

 

 Las subidas por la senda de los elefantes

Supongo que muchos de vosotros sabéis lo que es hacer ejercicio rebasando ciertos umbrales de esfuerzo, donde ya el cuerpo apenas tiene gasolina, la cabeza se encuentra en alerta permanente. Pues en este estado debía de hallarse Rafa cuando César, en una de las mayores subidas de la casa campo, una cuyo nombre es la senda de los elefantes, con la mayor generosidad de la que éste poseía y con la intención de comprender a Rafa en su esfuerzo, tímido como si esperara el desastre, le soltó un, “tranquilo Rafa, que la subida es pequeñita y la tienes que hacer, no queda ni un kilómetro“.

Nosotros corríamos unos metros delante y oyendo el rugido del menor de los Matos, pude comprobar como Juancar se situaba en paralelo a los otros dos compañeros de carrera para decirle con mucho movimiento de brazo a César Piquero que se callara, que iba a ser mejor.

Cesarín trataba de entender porqué Matos se alteraba de esa forma, y le decía: “Es que parece que hoy la has tomado conmigo”.

A todo esto, como la marcha con el sobre esfuerzo añadido de la discusión iba aminorando por momentos, se escuchaba a lo lejos a Arolas dar alaridos que a nosotros nos llegaban como restos del eco. Me es difícil transcribir un eco, pero las instrucciones de lo que Vicente gritaba, podría ser más  o menos esto: “Illa, menta la velocidad. E ás cando as lotas. ¿E asa, ésar?; ésar, ésar!” Que traducido era: “¡Montilla aumenta la velocidad! ¡Te estás tocando las pelotas! ¿Qué pasa César?”

 

Los límites del esfuerzo físico

La sentencia del Matos pequeño, como respuesta a la tímida evasiva de Cesarín, no se hizo esperar. Se detuvo en seco y agitando los brazos, no dejaba de gritar: “¿Ves lo que has conseguido por ser tan bruto? ¡Ahora no sigo corriendo!”

El que sí que corrió fue Vicente que debió batir el récord en los muchos metros que había desde donde él estaba hasta nosotros y apenas se desencadenó el desenlace fatal. Se presentó allí en cero coma, ensalzándose con Rafa en una discusión de mil demonios donde la sinrazón comandaba los gritos. Además, los argumentos de cada uno eran ciertamente subrealistas.

Rafa decía que César Piquero era desproporcionado en los esfuerzos, como si la senda trazada la hubiese hecho él. Por otro lado, Vicente le reprochaba al guía que porqué había permitido pararse.

Nosotros también nos detuvimos para intentar poner algo de orden y cuando aparecí yo para tratar de explicar con una lógica aplastante lo que había sucedido, fui precisamente aplastado por los gritos del Claudillo enfurecido que me reprendió de esta forma: “¿Y tú qué haces que no estás corriendo? ¡Ahora corres una hora más! Vete tú con él, César.”

Y así, cuando Cesarín y yo iniciamos el ascenso a la senda de los elefantes de un 7 a un 9 por ciento de desnivel y mi guía me dijo: “Tranquilo eh?, Montilla. La subida es corta. Sólo nos queda un kilometrillo que pica hacia arriba”. Sólo entonces, comencé a comprender a Rafa Matos.>>

Firmado: Juan Montilla Bejarano.

 

Esperamos que te haya gustado mucho esta genial historia de nuestro compañero Juan. Si quieres saber más de las grandes amistades que genera el deporte, y más en concreto con el aliciente de la ceguera, te invitamos a que leas el homenaje a los guías de ciego, y a su amigo Juan Carlos, que escribió Juan Montilla.

Nos leemos en el siguiente artículo del blog de AFIDAS.